La
nueva humanidad de la IA
¿Estamos asistiendo a la aparición de
una nueva humanidad sin cuerpo o a la expansión del cerebro humano fuera del
ser humano?
Una inteligencia distribuida, sin emociones visibles y sin sentido común, que
exterioriza el razonamiento, comienza a ocupar el mundo. No tiene rostro, pero
tiene territorio.
En los bordes de las ciudades aparecen
estructuras industriales silenciosas y, al mismo tiempo, profundamente sonoras:
centros de datos, nodos de tráfico de internet, nubes físicas que respiran
energía y calor calmados por una gran cantidad de AGUA. Allí se aloja una nueva
forma de mente colectiva que está por fuera de los humanos.
La inteligencia artificial no vive en
el aire. Vive en edificios llenos de cables, servidores y memorias. Vive en una
arquitectura material sostenida por minerales, energía y velocidad.
La velocidad es la lógica dominante de
nuestro presente.
En 1941, Isaac Asimov imaginaba
máquinas capaces de pensar. Hoy esas máquinas se multiplican dentro de infraestructuras
gigantescas operadas por pocos actores globales empresas como SpaceX, Google, Amazon, Microsoft que
concentran el flujo de datos del planeta. En ese ecosistema emergen los agentes
de IA: programas que aprenden, producen lenguaje y toman decisiones en tiempo
real.
Pero esta nueva mente tiene un costo
físico enorme.
La inteligencia artificial consume
energía y produce calor que deben ser calmados por grandes cantidades de AGUA.
Cada cálculo necesita electricidad, cada modelo necesita memoria, cada respuesta
atraviesa kilómetros de cables y sistemas de almacenamiento. Los centros de
datos se convierten en nuevas fábricas del siglo XXI.
Silicio, tarjetas gráficas, GPU,
memorias de alta velocidad, racks de servidores que almacenan y transportan
datos a escalas antes impensadas. Empresas como Micron Technology, TSMC, Samsung
Electronics, etc. desarrollan semiconductores, memorias avanzadas que permiten sostener este
crecimiento acelerado.
Detrás de todo esto aparece nuevamente
la materia: minerales, energía, litio.
El litio, extraído de salares en
América del Sur, alimenta baterías, infraestructuras energéticas y sistemas
tecnológicos que sostienen la expansión de esta inteligencia planetaria. En
este sentido, la “nueva humanidad” no es solamente digital: está profundamente
anclada a territorios específicos, paisajes transformados y economías
extractivas.
Así, mientras la inteligencia
artificial parece inmaterial, su existencia depende de montañas abiertas,
desiertos intervenidos y grandes sistemas energéticos.
Un cerebro extendido que ya no está
solo dentro de nosotros.
Alejandra Sculli

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